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The San Francisco Examiner

Hubo un tiempo en que el San Francisco Examiner era un periódico de pago, cuando todos lo eran, y había que depositar unas monedas en uno de esos aparatos que vemos en las películas para llevarnos nuestro ejemplar, ahora es un periódico gratuito que es arrojado por los repartidores en las aceras de San Francisco provocando que aumenten los desperdicios que se acumulan en las calles de la ciudad.

El cómo un periódico fundado con una línea editorial a favor de la esclavitud y en contra del entonces presidente del país Abraham Lincoln ha acabado adornando las aceras de la ciudad da para muchas páginas pero aquí sólo tenemos tiempo para dar algunas pinceladas, así que hablaremos brevemente de sus inicios:

En 1863 se fundó el Democratic Press, predecesor del Examiner. En abril de 1865, cuando la noticia del asesinato de Abraham Lincoln llegó a San Francisco, unos cuantos ciudadanos enfurecidos asaltaron e incendiaron las oficinas del diario, partidario de la Confederación y de la esclavitud, contra la que luchó el partido republicano de Lincoln (hay que tener en cuenta que hasta la década de los sesenta del siglo pasado los demócratas no se distinguieron, precisamente, por defender a los negros).

Para poner cubrir un tupido velo los propietarios del periódico se apresuraron a cambiar la imagen del diario empezando por el nombre: Daily Examiner.

William Randolph Hearst 

En 1880 el diario fue adquirido por el empresario minero y aspirante a senador George Hearst. Hearst había prestado importantes sumas de dinero a los propietarios del Examiner para comprar apoyos para su carrera política y cuando estos no pudieron afrontar sus deudas vendieron el diario a Hearst, quien, sin embargo, no sabía demasiado bien qué hacer con él así que en 1887, el nuevo propietario, por fin senador, confió la gestión del diario a su hijo, William Randolph Hearst, que tenía entonces 23 años y acababa de concluir sus estudios en Harvard o más bien le habían concluido porque fue sumariamente expulsado.

A partir de su llegada, el pequeño Hearst marcó una línea editorial amarillista y sensacionalista que se convertiría en la marca de su imperio periodístico y que le llevaría a multiplicar la herencia de papá.

Hearst, mitad por sus intereses económicos y mitad por defender el imperialismo estadounidense, se convirtió en un eficaz instrumento de apoyo a causas políticas como la guerra contra España en Cuba y la posterior anexión de Filipinas y Puerto Rico.

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